Entre lo propio y lo ajeno II
El aire de la mañana era puro y filoso.
A medida que avanzaban, el sol apenas aparecía sobre los tejados y las murallas se teñían de un resplandor dorado. Ana caminaba unos pasos detrás de Mohan, observando cómo el vapor escapaba de su aliento en cada exhalación.
A lo lejos, el bosque se extendía en una franja blanquecina, cubierta por la neblina. El sendero que tomaron bordeaba el límite interno del territorio, pasando junto a pequeños corrales y campos donde el