Entre lo propio y lo ajeno II
El aire de la mañana era puro y filoso.
A medida que avanzaban, el sol apenas aparecía sobre los tejados y las murallas se teñían de un resplandor dorado. Ana caminaba unos pasos detrás de Mohan, observando cómo el vapor escapaba de su aliento en cada exhalación.
A lo lejos, el bosque se extendía en una franja blanquecina, cubierta por la neblina. El sendero que tomaron bordeaba el límite interno del territorio, pasando junto a pequeños corrales y campos donde el hielo se acumulaba sobre los cercos.
-¿Siempre madrugan tanto? -Preguntó Ana, con tono medio adormilado.
-Depende de la tarea -Respondió Mohan sin girarse. -Pero si quieres ver las fuentes termales sin la multitud, este es el mejor momento.
-¿Fuentes termales? -Repitió Ana, sorprendida.
-Sí. El agua que fluye de las montañas. Los ancianos dicen que existe la historia donde la diosa las bendice para mantenernos a salvo del invierno.
Ana sonrió. Sonaba a una historia sacada de los relatos que le