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La habitación de hospital se había convertido en una prisión de silencio y máquinas que pitaban con regularidad monótona. Valeria observó el rostro pálido de Enzo, sus párpados cerrados mientras dormía bajo los efectos de los analgésicos. Cuarenta y ocho horas habían transcurrido desde el rescate, y aunque los médicos aseguraban que se recuperaría completamente, el miedo aún anidaba en su pecho como una serpiente enroscada.

Al menos está vivo, se repetía, acariciando inconscientemente su vientre
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