El aire estaba pesado, cargado de una electricidad que no se veía pero se percibía en cada poro. Lo sentí antes de que ocurriera cualquier señal concreta, antes de que una sombra se moviera o una voz interrumpiera la quietud. No era miedo, no era alarma; era la tensión acumulada de semanas, de meses, de cada pausa estratégica y cada gesto contenido, condensándose en una densidad casi física que parecía presionar la piel y la columna vertebral. Todo alrededor se volvió más palpable: el eco de nuestros pasos sobre el pavimento sonaba más fuerte, las luces de los faroles parecían parpadear con un ritmo propio, y hasta el viento, que normalmente se colaba suave entre los edificios, se sentía retenido, como si contuviera el aliento ante lo inevitable.El sistema había agotado todas sus estrategias previas. La seducción ya no funcionaba, porque habíamos aprendido a leer sus gestos; la integración había fallado, porque la fisura no podía ser domesticada; la exhibición, que antes intimidaba c
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