El ascenso en el elevador privado fue una experiencia de silencio calibrado. La cabina, revestida de paneles de madera oscura y espejos ahumados, subía los cuarenta pisos con una suavidad tal que la única prueba del movimiento era el cambio de presión en los oídos.Dentro de ese cubo hermético, tres de las personas más poderosas de la industria de la construcción en México compartían un espacio reducido. Yago estaba parado cerca del panel de control, con una postura relajada pero alerta, irradiando la confianza del propietario. Viktor Korályov, apoyado en su bastón de plata, mantenía la vista fija en los números digitales que ascendían, analizando la tecnología del edificio, buscando mentalmente grietas en la infraestructura de su rival. Alina, por su parte, estaba de pie entre ambos, actuando como el fulcro de la balanza.El perfume de Alina, una mezcla exclusiva de rosas búlgaras y almizcle frío, competía en el aire con la locura amaderada de Yago. Ella podía sentir el calor que ema
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