La puerta cerrada con el cerrojo de seguridad transformó la habitación 402 en una olla de presión. En cuanto Yago estuvo al alcance, Belém se lanzó sobre él. Sus labios se encontraron en un beso que no buscaba ternura, sino fusión. El aire se cargó de feromonas, un olor denso y primitivo que activó en ambos el deseo biológico más antiguo: la necesidad de procrear, de mezclar fluidos y dejar una marca en la existencia.Belém, movida por una urgencia febril, comenzó a desvestir a Yago frenéticamente. Sus dedos, usualmente hábiles, tropezaban con la tela de la camisa en su prisa por sentir piel contra piel. Yago, en cambio, mantenía un control depredador. Mientras ella luchaba con su ropa, él hundió el rostro en el cuello de ella, aspirando su aroma, y bajó sus manos grandes para apresar sus pechos. Los apretó y acarició con una firmeza que hizo que Belém arqueara la espalda y soltara un gemido real, corto y agudo, que vibró en la garganta de él.Con un movimiento fluido, Yago terminó de
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