Evdenor sintió cómo el cuerpo en sus brazos perdía toda tensión, volviéndose un peso inerte y terrible. Eryn se había desvanecido, sus ojos azules, tan vacíos y confusos un instante antes, ahora estaban cerrados, las pestañas oscuras recostadas sobre palidez mortal. No había agonía, no había gritos. Solo un silencio repentino y profundo, roto por el jadeo entrecortado de Evdenor. La lógica fría de un guerrero le susurraba que un hombre atravesado así debería estar forcejeando, gimiendo, tardando horas en morir si la hoja permanecía en su sitio, sellando parcialmente la herida y ralentizando la hemorragia. Pero Eryn no era un hombre normal. Ya no. Y quizás ese fuera el último regalo, o la última crueldad: un desmayo rápido, un escape de la conciencia ante el daño abrumador. Evdenor no lo soltó. Se dejó caer de rodillas sobre la tierra húmeda, el cuerpo de Eryn hundiéndose en su regazo como un fardo precioso y roto. Con una mano temblorosa, acarició la mejilla fría, apartando los mech
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