Forcejeamos. Él intentaba tirarme del guindo, yo me aferraba a su brazo como una fiera, aprisionando con fuerza, desesperada y aterrada. Pensé que quería morir, realmente estaba cansada pero en cuanto la oportunidad se presentó mi instinto de supervivencia fue mucho más fuerte. Me daba miedo caer, me daba miedo dejarme ir, terror del impacto, del golpe... ¿Sería fulminante, atroz, desgarrador?, ¿quedaría agonizando un rato?, ¿al final moriría a causa de las fieras nocturnas de ese bosque y no de mis heridas? No. Ya había pasado por tanto, no quería que las cosas acabaran así.Cuando creí que iba a morir en el incendio en la cabaña no tenía miedo, en ese momento estaba lista: me había despedido de todo lo que había amado, entendía que ya no tenía nada más que hacer. Había jugado y perdido: estaba clara de eso, la derrota había sido terriblemente dolorosa, humillante, devastadora... Había amado hasta el tuétano y perdido todo. Por eso acepte perder, porque no me quedaba nada más que dar
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