Denayt. Después de lo que pasó, decidí que no tenía por qué importarme. Antibes y Èze parecían irreales. Estaba enamorada de ese lugar. Aproveché al máximo las calles de piedra, las buganvilias cayendo, el mar y ese color hermoso. Caminaba despacio, absorbiendo todo, tenía que sacar algo bueno del crucero. El caballero de hielo había creado un muro nuevo. Más pulido. Más cruel. Cada vez que me detenía a mirar una tienda, una vista o una tontería turística, lo sentía acercarse lo justo para no perderme… y alejarse lo suficiente para no alcanzarme. Era desesperante. El Jardín Exótico de Èze me hizo olvidar todo, me robó el aliento. Subimos entre cactus, flores y senderos que daban vértigo. Desde ahí arriba el mundo se veía pequeño, inofensivo, fácil de dominar. Me acerqué al borde, fascinada por el abismo azul. Vincent se tensó. Lo sentí sin mirarlo. Dio un paso más cerca, el primero del día, como si el vacío no estuviera abajo… sino entre nosotros.Almorzamos en una terraza pequ
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