Avanzamos con cuidado, aunque la tensión ya no era la misma. Alguno de los miembros de la manada de mi grupo decidió que el señor Ronquidos merecía un encuentro inmediato con la Gran Madre, y cuando quise mirar mejor, ya yacía inmóvil, con expresión sorprendida y una paz que no había merecido en vida. Nos agazapamos en esa esquina de la cueva, escuchando. Agudicé el oído, separando sonidos: el goteo lento del agua filtrándose por la roca, el roce distante de cuerpos en movimiento, risas apagadas que venían desde el frente. Nada cerca. Ningún guardia. Ninguna alerta. —Patéticos —murmuré. Avanzamos despacio, casi con pereza. Poco después encontramos a Ronquidos Dos y Ronquidos Tres, acurrucados como cachorros satisfechos. No despertaron. Ni siquiera tuvieron tiempo de comprender que su historia había terminado. Entonces la cueva se bifurcó. El grupo, como si compartiéramos una sola mente, se inclinó hacia el túnel donde llegaban risas, gruñidos y voces humanas mezcladas con el to
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