Con las primeras lluvias que cayeron sobre la capital, llegó un audaz retador que buscaba medir su fuerza con la temida «bestia de Balardia», cuya fama había trascendido las fronteras del reino, en gran parte gracias a Darón, viajero incansable y conocido de mucha gente. Él y su comitiva fueron recibidos en el palacio por el rey para compartir un banquete. —Así como su majestad tiene a una bestia, ahora yo también tengo la mía —anunció Darón, señalando con orgullo a su guerrero.El rey, al ver al joven noble de delicada apariencia, que se creía en condiciones de pelear con el Asko, no pudo evitar soltar una risa burlona.—A tu retador le hace falta sol, está tan blanco como la nieve, y le falta carne también, es un flacucho. El más débil de mis prisioneros lo vencerá sin esfuerzo. No haré perder tiempo al Asko con debiluchos, eso lo haría ver mal.—No te fíes de las apariencias, pues son engañosas. Antes de aceptar traerlo lo vi vencer a diez hombres, robustos y preparados. Aunque pá
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