Aimunan La mirada de mi madre era capaz de despellejar a cualquiera; Trina, sintiendo la descarga eléctrica, huyó de la habitación de inmediato. —No, mamá. No hay nada entre mi jefe y yo —mentí, tratando de que mi voz no temblara ni un ápice. —Bien... Munan, hija, ya eres adulta y no interferiré, pero recuerda: el que oye consejo, llega a viejo. Respetó mi decisión, no sin antes darme el sermón de rigor. Los días siguientes fueron un torbellino de preparativos. Trina, siempre práctica, se encargó de mi maleta basándose en lo que investigó en internet: "Allá conseguirás ropa, lleva solo lo básico". Entre el trabajo acumulado y la urgencia del jefe, el tiempo voló. De pronto, me encontré en el aeropuerto de Caracas, perdida en mis pensamientos frente a un café. Trina se despidió con un abrazo rápido pues debía tomar un vuelo de retorno a guayana. Mientras esperaba, revisé mis redes, sintiendo la soledad del punto de partida, hasta que unas manos tocaron mis hombros. Era Alexande
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