Aimunan Siento que este viaje va a cambiarlo todo. Es el momento de ser honesta, al menos conmigo misma. Es cierto que soy venezolana, pero antes que eso, soy algo más profundo: soy descendiente de los pueblos originarios de esta tierra. Soy indígena. Esa es mi identidad primaria, la raíz que me sostiene. Haber crecido en la ciudad suavizó algunas de mis facciones y el tono de mi piel, pero mi herencia grita en mi cabello liso y azabache, en la forma almendrada de mis ojos que muchos confunden con rasgos asiáticos. Me llaman "china" y no me molesta; a veces, cuando les aclaro mi origen, piensan que soy peruana. Me sorprende el abismo de desconocimiento que existe en mi propio país sobre nuestras naciones ancestrales. Para mí, ser indígena significa origen, cosmogonía, una lengua que guarda secretos milenarios y una forma de ver el mundo donde todo está vivo. Por eso, estar aquí, entre criollos y karan (extranjeros), ha sido un choque de realidades. Mis paisanos, los dueños legíti
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