Mateo era un hombre despiadado. Pero también había sido un tonto terco. Yo lo había tratado de esa manera en el pasado, lo había humillado sin medida… Y aun así, él no había querido irse.
Me apoyaba lentamente sobre su pecho. Mis dedos, sin querer, rozaban una textura irregular. Levanté la mirada y temblé de forma incontrolable.
Era una cicatriz profunda, tan honda que parecía llegar hasta el hueso. La reconocía. La última vez, cuando Camila había intentado apuñalarme, él se interpuso. Había rec