Ojalá nunca hubiera conocido a Camila. Ojalá su madre siguiera viva. Ojalá su padre no hubiera tomado el camino equivocado. Ojalá Aurora tuviera un matrimonio feliz.
Ojalá sus dos sobrinos pudieran llamarlo con esa voz clara y juvenil “tío”, aferrarse a él para que les comprara dulces, juguetes… y llevarlos al parque de diversiones.
Al final, el mayor dolor no era otro que este: haber destruido con sus propias manos todo lo bello que tenía y ni siquiera tener la oportunidad de repararlo.
Esa des