El hombre asintió finalmente y quitó la mano que tenía sobre mi hombro. Me apresuré a bajar del sofá y lo ayudé a incorporarse con cuidado.
Él me miró con una sonrisa suave.
—No hace falta que me ayudes como si fuera un anciano. Todavía puedo caminar.
—Ah, ¿sí?
Le lancé una mirada de reproche. En ese momento, la tristeza me invadió y mis ojos se enrojecieron.
—Anoche casi me muero del susto… ¿No pensaste en qué pasaría conmigo si de verdad te ocurría algo?
Al recordar su aspecto de la noche ante