Mateo me abrazó y dijo con voz grave:
—Te prometí que volvería con vida. Y pasara lo que pasara, lo iba a cumplir.
Hundí la cara en su pecho. Sentía el corazón oprimido, como si algo lo bloqueara. Dolía. Las lágrimas brotaban sin control.
—Mateo… todo es culpa mía… —Mi voz temblaba, roto entre los sollozos—. Tú deberías estar en Ruitalia, tranquilo, siendo el gran presidente de tu imperio… Pero por mi culpa… terminaste atrapado en este infierno… Yo de verdad…
—Tonta… ¿por qué lloras?
Mateo soltó