Por instinto volteé y vi a los guardias que ya venían con las cadenas de hierro que bajaron de la pared.Darío se molestó y, con voz ronca, les dijo:—Yo me encargo.Los guardias, que al parecer conocían bien su mala fama, no se atrevieron a llevarle la contraria y le dieron las cadenas.Darío las agarró y me lanzó una mirada amenazante.—Compórtate. No seas terca; así evitarás sufrir de más. Y si quieres seguir viva, más te vale saber leer la situación. Al señor Felipe, pregunte lo que te pregunte, respóndele bien. ¿Entendido?Lo miré con asco y no respondí.Es verdad que, otras veces, supe ser flexible: decir lo que convenía, leer el ambiente, hasta halagar cuando hacía falta. Pero frente a este asco de hombre, no conseguía fingir sumisión, por más que lo intentara.Los guardias, tal vez aburridos de vigilar siempre el mismo sitio, aprovecharon lo que dijo para bromear.—Vaya, quién lo diría. Darío, que es tan brusco, resulta que también sabe ser considerado con las mujeres.—Exacto,
Leer más