¿Cómo pude comparar la mirada tranquila y concentrada de Mateo con los ojos asquerosos y pervertidos de Darío?De verdad, estaba ciega.Y lo que más me sorprendió fue que Ricardo, cuando miró a Darío, pareció analizarlo y juzgarlo.Qué raro… ¿no se suponía que estaban del mismo lado?—Ya está. Si van a llevarse a alguien de aquí, lo mínimo es avisarme primero. Vengan todos a la sala.Esta vez, la señorita Alma sí se fue.Ricardo miró a Darío con curiosidad y sonrió.—Vamos. Primero hablemos de los asuntos importantes. Al fin y al cabo, no es más que una mujer; si se lo pides al señor Felipe, seguro te va a dar gusto.—Ja, ja, ja. Tiene razón, señor Torres. Entonces me voy a quedar esperando.Darío se rio y todavía me lanzó una mirada descarada antes de darse la vuelta e irse detrás de Ricardo y Alma.Tan pronto desaparecieron, sentí el cuerpo débil y di un par de pasos hacia atrás.Que el señor Felipe quisiera llevarme a interrogar me daba miedo, sí, pero no tanto; como mucho, nervios.
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