(Narra Leonardo) El viento, frío y cargado de pequeñas gotas de lluvia, nos azota mientras Basima me arrastra hacia el monte. El suelo bajo nuestros pies se convierte en un barro resbaladizo, pero ella no se detiene. Cada paso parece más pesado que el anterior, cada vez que la lluvia nos golpea, siento que me cala más hondo, no solo en la piel, sino en lo más profundo de nuestros cuerpos. Estoy atrapado entre el dolor de las palabras de Basima y la urgencia de la situación. Necesito que entienda, pero sé que no lo hará, no si no le confieso toda la verdad. Sus ojos brillan con una mezcla de ira y tristeza, pero eso no es lo que me detiene. Lo que me detiene es el hecho de que, bajo toda esa furia, hay algo más. Hay dolor, hay un miedo que no sabe cómo ocultar. Y yo… yo soy parte de ese miedo. —No puedes solo… no puedes hacer esto, Leonardo. —Su voz tiembla. Basima siempre ha sido tan fuerte, tan decidida, que me cuesta imaginarla así: vulnerable, confusa y desilusionada. —L
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