El río subterráneo murmura a lo largo de la cueva. Leonardo y yo arrastramos el cuerpo de Victorio con cuidado, midiendo cada paso. La piedra húmeda cruje bajo nuestros pies y el olor de la sangre se mezcla con la tierra y el agua.
—Ya no volverá a molestarnos —susurro, hundiendo mis dedos en el agua fría.
Leonardo me observa, atento, evaluando cada corriente del río, cada sombra que se mueve en la penumbra. Su mirada está cargada de preocupación cuando me toma de la mano con un gesto suave