—Cecilia no va a ser la mujer con la que pasaré el resto de mi vida. —Leonardo lanza una piedra al río, creando una onda que se expande hasta desvanecerse. Tampoco ha dicho que lo hará conmigo, y la certeza de una negativa me destroza el alma. Aún no se ha colocado la camisa. Lleva los pantalones a la altura de la cadera, con el cinto medio puesto, sin abrochar, y el zipper abajo, lo que deja ver parte de sus boxers. Gotas de sudor o de agua, no lo sé, se deslizan desde su torso desnudo hasta la V de su pelvis y se esconden bajo la cinturilla del pantalón. Las envidio un poco. Avanzo sin pensar en nada más porque el deseo me ciega y pone mi cerebro en pausa. —Tienes algo aquí. —Suelto sin filtros y deslizo mis dedos sobre su piel, siguiendo el recorrido de las gotas, hasta llegar a la tela del pantalón. —¿Eres insaciable, mujer? —protesta con una sonrisa petulante que, aunque quiere sonar desafiante, no puede esconder lo mucho que le agrada mi osadía. Sonrío antes de tirarme
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