No estaba sentada en la oficina de la Luna. Ese fue el primer pensamiento que logró abrirse paso entre el cansancio y la confusión. No había escritorio, ni estanterías con documentos, ni velas encendidas con olor a cera vieja. No había paredes de piedra ni ventanas altas del castillo. Más bien estaba dentro de un carruaje. El traqueteo constante de las ruedas sobre el camino de piedra se sentía en cada hueso de mi cuerpo. El interior era amplio, acolchado, pero el silencio lo hacía incómodo. Morgana estaba sentada frente a mí, con los ojos cerrados, el rostro relajado como si dormir en un carruaje en plena noche fuera lo más natural del mundo. A mi lado, Kryos ocupaba el otro asiento, rígido, con la espalda recta y la mirada fija en la ventana, cerca de la puerta. Yo no entendía nada. No entendía en qué momento “los deberes de la Luna” habían dejado de significar papeles y reuniones. No entendía por qué nadie se había molestado en explicarme nada. No entendía, sobre todo, por qué
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