Capítulo 33.
No estaba sentada en la oficina de la Luna.
Ese fue el primer pensamiento que logró abrirse paso entre el cansancio y la confusión. No había escritorio, ni estanterías con documentos, ni velas encendidas con olor a cera vieja. No había paredes de piedra ni ventanas altas del castillo.
Más bien estaba dentro de un carruaje.
El traqueteo constante de las ruedas sobre el camino de piedra se sentía en cada hueso de mi cuerpo. El interior era amplio, acolchado, pero el silencio lo hacía incómodo.