POV de MathildaEl frío de la sala de visitas en la unidad de máxima seguridad del hospital penitenciario era distinto al de mi ático. Aquí, el aire olía a metal oxidado, a orina mal limpiada y a la desesperación de hombres que ya no tenían nada que perder. Me senté frente al cristal reforzado, esperando a que los guardias trajeran al hombre que, apenas cuarenta y ocho horas antes, yo había intentado destruir para siempre.La puerta de hierro se abrió con un estruendo. Dos oficiales empujaron una silla de ruedas. Enzo estaba allí. Su hombro derecho estaba envuelto en un aparatoso vendaje que inmovilizaba su brazo contra el pecho, y su rostro, normalmente impecable, estaba pálido y demacrado. Sin embargo, sus ojos... sus ojos seguían siendo dos carbones encendidos, ardiendo con un odio que podía derretir el cristal que nos separaba.—Vaya, vaya —dijo Enzo, su voz era un susurro rasposo mientras el guardia le ponía el auricular—. La Reina de Nueva York viene a visitar a su súbdito caído
Leer más