POV de Enzo
El cristal que nos separaba en la sala de visitas de la prisión estatal estaba lleno de huellas dactilares y suciedad, un muro transparente que subrayaba mi caída, pero también mi paciencia. Mathilda estaba sentada frente a mí. No llevaba sus joyas habituales, solo un traje sastre oscuro que la hacía parecer una viuda antes de tiempo. Sus ojos, antes llenos de fuego cuando me apuñaló, ahora estaban hundidos, rodeados por las sombras del insomnio.
—Te ves terrible, nena —dije, apoyan