POV de Mathilda
Salí de la prisión estatal sintiendo que el aire frío de la tarde me quemaba los pulmones. Cada vez que hablaba con Enzo, sentía que una capa de suciedad invisible se adhería a mi piel. Había aceptado su pacto, no por lealtad, sino por pura supervivencia. El diablo me ofrecía una salida del infierno, y yo, con las manos temblorosas, había firmado el contrato.
—¿A dónde ahora, señora? —preguntó Collins mientras me abría la puerta del coche blindado.
—A la oficina —respondí, hundi