POV de MathildaLa opulencia del Grand Ballroom en el Hotel Plaza no era más que una pátina de oro sobre un nido de víboras. El aire, denso por el aroma de las orquídeas blancas y el perfume de mil dólares la onza, vibraba con una estática premonitoria. Bajo las arañas de cristal de Bohemia, la élite de Nueva York se movía como un banco de peces plateados, ajenos a que la corriente estaba a punto de volverse sangrienta. Para Enzo Hereza, esta noche era la apoteosis de su dominio; para mí, era el cadalso que yo misma había decorado con cintas de seda.Me miré en el reflejo de una bandeja de plata que pasaba un camarero. Llevaba un vestido de seda roja profunda, el color de la sangre arterial, con un escote que desafiaba la gravedad y una espalda descubierta que exhibía mi piel perfecta, libre de las manos del pasado. El collar de esmeraldas de los Hereza pesaba sobre mi clavícula como un yugo de piedras preciosas.Enzo se acercó a mí, su bastón golpeando el suelo de mármol con una cade
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