La noche en la mansión se había vuelto un campo de minas emocional. Tras el encuentro con Mathew, el silencio que quedó en el despacho no era de paz, sino de una vigilancia asfixiante. Ivy sentía que las paredes, decoradas con retratos de antepasados que no eran suyos, la juzgaban. Cada vez que Mathew pasaba por el pasillo, el sonido de sus pasos (Pesados, erráticos) me recordaba que el hombre que amaba se estaba desdibujando, consumido por una paranoia que lo empujaba a ver enemigos incluso en las sombras del jardín.Ivy se encerró en su habitación, pero el perfume de Tyler seguía impregnado en su memoria, actuando como una brújula. Recordó las mañanas en las que él, con su paciencia infinita, le señalaba los senderos ocultos que bordeaban la propiedad. "Si alguna vez necesitas salir sin que las cámaras te sigan, usa el camino de los helechos, Ivy. Conecta directamente con la ruta vieja al aeropuerto", le había dicho una vez, con esa mirada protectora que ahora ella extrañaba con un
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