Capítulo 68: El carcelero.
—Ivy, te quiero, pero no voy a morir por un collar de esmeraldas —murmuró él antes de subir al auto—. Ten cuidado con quien duermes.
El auto que llevaba a Christopher desapareció por el sendero de palmeras, dejando tras de sí un rastro de polvo y un vacío ensordecedor. Ivy se quedó de pie en la entrada, abrazándose a sí misma. El "amigo fiel" se había ido, huyendo del peligro, y ella no podía culparlo. Se sentía como una capitana hundiéndose con un barco que ella misma no había construido.
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