La respiración de Ivy se detuvo, quedando atrapada en su garganta como un nudo de espinas. Detrás de la pesada puerta de madera, el mundo que creía conocer se había desintegrado en menos de cinco minutos. La revelación no fue un golpe seco, fue un veneno lento que empezó a correrle por las venas: su padre, aquel monstruo que la había quebrado en mil pedazos, no había muerto por causas naturales. Había sido ejecutado por los dos hombres en los que ella, contra toda lógica, había depositado su fe.Ivy retrocedió un paso, sus pies descalzos hundiéndose en la alfombra del pasillo. El frío del mármol parecía subir por sus piernas hasta congelarle el corazón, asesinos, la palabra retumbaba en su mente con la fuerza de un disparo. Mathew, el hombre con el que compartía su vida y sus sombras; y Tyler, el hombre que le había devuelto la sensación de ser humana. Ambos habían conspirado en la penumbra para asfixiar la vida de Richie.—Dios mío... —susurró, cubriéndose la boca con ambas manos par
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