El mundo de Emma se reducía, en ese primer instante de consciencia, a la calidez de la mano de Noah. Sus ojos miel, aún nublados por los sedantes y el rastro del trauma, buscaron los del Capitán con una urgencia que me hizo olvidar cómo respirar. Intentó hablar, pero su voz era un rasguño seco contra su garganta. Me apresuré a retirarle la máscara de oxígeno un centímetro para que pudiera formar las palabras.—El... el niño... —susurró Emma, y su primera preocupación, fiel a su esencia, no fue su propio dolor, sino la vida que había protegido con su cuerpo.Me incliné sobre ella, apartándole un mechón de cabello de la frente con una suavidad que me sorprendió a mí mismo.—Está bien, nena. Está a salvo —le aseguré, apretando su mano para transmitirle toda la firmeza que me quedaba—. Tiene apenas unos rasguños. Lo salvaste, Emma. Fuiste su escudo.Una pequeña lágrima rodó por su sien, perdiéndose en la almohada blanca. —¿Sus padres? Los escuché gritar... antes de que todo se cayera.Sen
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