El sol de la mañana se abrió paso a través de los inmensos ventanales del ático, proyectando líneas doradas sobre la cama de seda deshecha. Carolina abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso reconfortante y cálido del brazo de Damián rodeando su cintura. Durante meses, el despertar había estado acompañado por un nudo de ansiedad en el estómago, la sensación constante de ser una presa acechada en las sombras. Hoy, por primera vez, el aire se sentía limpio. Se giró con suavidad para no despertarlo, pero los ojos oscuros de Damián ya estaban abiertos, observándola con esa fijeza inquebrantable y posesiva que la hacía estremecer. Él estiró la mano para apartar un mechón de cabello azabache de su rostro, delineando su pómulo con el pulgar. —Buenos días, mi vicepresidenta —susurró él, su voz ronca por el sueño, pero cargada de una profunda ternura—. ¿Cómo se siente despertar siendo la dueña absoluta del puerto? —Se siente... real —respondió Carolina, esbozando una sonrisa libre d
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