El Gran Salón del Hotel Almirante estaba decorado con opulencia para la gala anual del sector marítimo. Lámparas de cristal de Bohemia colgaban del techo, proyectando destellos de luz sobre los trajes de diseñador y las joyas de la élite empresarial. Entre la multitud, Alejandro caminaba con paso firme, vistiendo un esmoquin impecable. A su lado, Camila lucía un vestido de pedrería verde esmeralda y una enorme sortija de diamantes que, hasta hace unos meses, había pertenecido a la colección privada de Andrea. Alejandro sonreía y estrechaba manos, recibiendo las condolencias tardías de los inversionistas por la "trágica pérdida" de su esposa. Se había consolidado ante los ojos del mundo como el viudo respetable que, a pesar del dolor, mantenía a flote la naviera Holmes. Sin embargo, detrás de su fachada de éxito, las finanzas de la empresa comenzaban a mostrar grietas debido a los desvíos de fondos que compartía con Camila. —Todos se están tragando el cuento, mi amor —susurró Cam
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