Las lágrimas de Andrea se secaron antes de llegar a sus mejillas, transformándose en una rabia fría y cortante. El dolor de la traición era inmenso, pero el instinto de supervivencia que había heredado de su padre fue más fuerte. No podía derrumbarse, no frente a las hienas que planeaban dejarla en la calle.
Media hora más tarde, el sonido de las llaves en la cerradura anunció la llegada del verdugo. Alejandro entró a la casa con su habitual aire de elegancia y suficiencia. Llevaba una chaque