El edificio de oficinas se alzaba ante mí como un monolito de indiferencia, un gigante de acero y cristal que, durante años, había albergado las verdades más oscuras de mi existencia. Al cruzar el umbral, mis pasos resonaron con una pesadez que no reconocía como propia. Tenía la cabeza llena de jirones, recuerdos que se desvanecían al intentar asirlos y una ansiedad constante que me quemaba el pecho. Cuando entré en el despacho de James, el aire se volvió irrespirable.Lo vi allí, sentado cerca del ventanal, con una postura que no lograba ocultar el evidente daño en su rostro. Un corte en el labio, la piel inflamada bajo el ojo… mi corazón dio un vuelco. Sin pensar, me acerqué, con una furia que intentaba enmascarar el pánico que sentía al verlo así.—¡Por Dios, James! —exclamé, deteniéndome frente a él—. ¡Mírate! ¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto?Él levantó la mirada. Sus ojos, siempre tan cargados de una devoción que me desarmaba, estaban fríos, distantes, casi cargados de
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