El silencio que emanaba tras la puerta del baño era más pesado que cualquier grito. Tras los primeros minutos de estupor, la angustia comenzó a infiltrarse en mi pecho, una sensación física que me impedía respirar con normalidad. Me acerqué al umbral, apoyando la frente contra la madera fría.—Ross, abre la puerta —dije, tratando de imprimir un tono de mando que, en el fondo, no sentía—. Hemos hablado suficiente. No voy a permitir que esto escale. Ross, contéstame.No hubo respuesta. Ni el sonido de un sollozo, ni el roce de su ropa, ni una palabra cargada de veneno. Nada. El pánico, esa criatura que siempre había mantenido a raya mediante el control absoluto, comenzó a devorarme los cimientos. Aporreé la puerta con el puño cerrado, una, dos, tres veces, hasta que el dolor en mis nudillos fue el único ancla con la realidad.—¡Ross, maldita sea, abre! —Grité, ya sin preocuparme por la discreción ni por la servidumbre.Al no obtener respuesta, recurrí a la llave maestra que guardaba en e
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