Amanecieron abrazados, desnudos, felices y satisfechos, como cada una de las mañanas desde que estaban juntos. Los rayos dorados del sol se filtraban a través de las cortinas, calentando la habitación de forma suave, como si el mundo exterior también quisiera unirse a su descanso. El aroma a mar y arena seguía flotando en el aire, un recordatorio de lo efímero y único de aquellos días.
Ana estaba acostada boca abajo, su espalda bronceada brillando bajo la luz del sol. Hugo, con un gesto lento y