El sol ya se colaba por entre las palmeras cuando Ana y Hugo descendieron del elevador rumbo al restaurante del hotel. Pasaban de las diez de la mañana y el calor húmedo de Varadero los recibió como una sábana tibia al cruzar el lobby abierto. El aroma del café recién hecho y el pan tostado flotaba en el aire, mezclado con el murmullo de conversaciones y el tintinear de cubiertos.
—Actúa como que no los ves… —murmuró Hugo al detenerse en seco y pegarse discretamente a una columna—. Vamos a desay