Pronuncié tu nombre pero, pensé en ella
Diana sostenía aquel plástico con la mano temblorosa, rogaba a todos los santos habidos y por haber que, sus temores no fueran ciertos, que todo se tratase de un susto, miedo, reacción a lo ocurrido.
Ella se había imaginado ser madre, claro que se había imaginado, pero no ahora, y menos de él, ¿Cómo podía ser? De él no, no podía, simplemente no podía. Este no era su plan de vida, estaba por irse a la universidad, si esto sucedía, su madre se sentiría sumamente decepcionada, ya bastante tenía con lo que sucedió como para salir con más problemas por lo ocurrido aquella noche.
—¡Dios! ¡Dios, ayúdame! ¡Por favor! ¡Por favor, que no sea verdad! ¡Por favor! —dijo Diana con voz quebrada mientras abría de a poco los ojos, tal como si eso ayudara a que sus miedos no se hicieran realidad.
Para todos, Diana era la hija problemática, rebelde y sin un futuro claro, mientras que Renata, había madurado con la edad y gracias a la compañía de Giovanni.
Según lo dicho por su padre, le auguraba un futuro glorioso, puesto que se iría a estudiar negocios internacionales junto a Gio a Italia. Ambos tenían planes, y prácticamente, ya tenían todo listo; la universidad, el lugar donde vivirían y sabía que tras terminar la carrera, se casarían, Diana había venido a joderlo todo, ¿Cómo? Ni ella misma lo sabía o lo recordaba.
Diana estaba tan perdida en sus pensamientos que, no se percato de que su madre llevaba rato llamándola, al menos no lo hizo hasta que esta entró al baño y la vio con prueba en la mano.
—¡Diana! Dime por favor que esto no es lo que estoy pensando. —dijo Marina con cara pálida ante lo que se venía sobre su hija.