RECLAMADA POR EL DON DE LA MAFIA
—Tienes una belleza que cautiva a los hombres, ¿verdad? Había muchas mujeres desnudas en esta sala, pero en cuanto entraste, los hombres perdieron el control. Querían un pedazo de ti. Querían poseerte.
Sus dedos recorren mi mandíbula, levantándome la barbilla.
—Sin saber que ya me perteneces.
Tragué saliva con dificultad, con la respiración atascada en la garganta.
Se alejó y se sentó en una silla con facilidad. Se desabrochó el abrigo, se recostó y abrió las piernas como un rey, que supongo que es lo que es...
Y entonces, su voz se volvió letal.
—A partir de ahora, Ariella Costa, eres mía para usar. Mía para jugar. Mía para hacer lo que me plazca.
Las palabras me golpean como un infarto.
—Tu cuerpo me pertenece. Tu mente me pertenece. Tu alma me pertenece.
Sonríe con aire burlón, sus ojos oscuros clavados en los míos.
—Eres mía.