CAPÍTULO 87

Bajo el dosel de flores blancas que parecía flotar sobre el altar, el tiempo se detuvo en el instante exacto en que Alexander tomó la mano de Elena. El contacto de su piel, cálido y firme, actuó como el anclaje definitivo hacia una realidad donde solo existían ellos dos. Elena lo miró a los ojos, descubriendo en el azul profundo de su mirada una devoción que la hizo sentir la mujer más afortunada de la tierra. Alexander, aún conmovido por la magnificencia de su esposa, apenas podía contener la
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