A tan solo una hora para el inicio de la ceremonia, la mansión de Las Colinas parecía haber alcanzado un estado de perfección casi mística. El sol, en su punto más alto, bañaba los jardines con una luz que hacía que las hortensias blancas y los lirios parecieran tallados en mármol. Elena, en el santuario de su habitación, se encontraba en la etapa final de su transformación. Las manos expertas de su séquito de estilistas daban los últimos toques a su velo de encaje francés, una pieza de herenci