El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del despacho de Elena, iluminando los planos y catálogos que cubrían la mesa de caoba. Sin embargo, a diferencia de los preparativos anteriores, no había en el aire esa pesadez de la incertidumbre. Elena se movía con una agilidad nueva, dictada por una intuición que le decía que debían actuar rápido. Alexander la observaba desde el umbral de la puerta, admirando la forma en que su esposa tomaba las riendas de su destino con la firmeza propia de