La mañana en la mansión de Las Colinas amaneció bañada por una luz dorada que parecía resaltar la urgencia de cada preparativo. Elena se movía entre los arreglos florales que empezaban a llegar y las muestras de lino para las mesas del banquete íntimo, sintiendo que cada decisión tomada en las últimas cuarenta y ocho horas era un ladrillo más en la fortaleza que estaba construyendo alrededor de su familia. Alexander, por su parte, supervisaba los protocolos de seguridad con Marcus, asegurándose