El restaurante, un lugar pequeño y sofisticado oculto tras una fachada de hiedra en el casco antiguo, ofrecía el anonimato que Alexander y Elena tanto ansiaban. Dentro, el aroma a madera de roble y especias frescas parecía filtrar la toxicidad que habían dejado atrás en el hospital. Por primera vez en mucho tiempo, las palabras que fluían entre ellos no estaban cargadas de sospechas ni de informes legales. Hablaban de los libros que Elena quería leer durante su descanso, del color que imaginaba