Alexander permanecía frente a Elena en el pasillo, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en los de ella. El silencio que los rodeaba era tan denso que parecía absorber el murmullo distante de las máquinas del hospital. Elena, con la mano aún en el picaporte de la habitación 412, lo observaba con una mezcla de sorpresa y una frialdad que Alexander sintió como un golpe físico. Sabía que no podía dejar que ella se marchara así, no después de la confesión que acababa de presenciar desde