Faltaban exactamente setenta y dos horas para que las campanas del viñedo anunciaran la unión de los Sterling y los Valerius. La mansión, saturada con el aroma de las orquídeas blancas que Elena supervisaba con una dedicación casi religiosa, bullía con la eficiencia de un cuartel general. Sin embargo, en el despacho principal, el aire era distinto. No olía a flores, sino a tabaco caro, cuero y esa tensión eléctrica que siempre acompañaba la presencia de Arthur Valerius. Alexander estaba sentado