La luz del sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales de la casa de las colinas con una claridad hiriente, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire como testigos silenciosos de la calma que precedía a la tempestad. Faltaban apenas dos días y medio para la boda, y el ambiente en la mansión era una mezcla de euforia logística y anticipación romántica. Alexander se encontraba en el vestidor, ajustándose una camisa de seda blanca, observando su reflejo en el espejo con una