Siete días. Ese era el plazo que separaba a Alexander Sterling de la gloria o del abismo absoluto. La mansión de las colinas bullía con una actividad frenética; camiones de flores blancas llegaban a diario, los coordinadores de eventos revisaban los protocolos de seguridad y Elena, radiante en su sexto sentido de madre, caminaba por los pasillos con una luz que Alexander no se sentía digno de mirar. Cada mañana, al despertar y ver el calendario marcado, Alexander sentía una punzada de alivio me