Alexander Sterling permanecía inmóvil frente al ventanal de su antiguo departamento, observando cómo el tráfico de la ciudad comenzaba a fluir como un río de metal indiferente a su miseria. El vacío que Sofía había dejado al marcharse era ahora ocupado por una culpa corrosiva, una que se le instalaba en la boca del estómago y le impedía respirar con normalidad. En su mano derecha, apretaba una pequeña caja de terciopelo azul que había sacado de la caja fuerte de la habitación; dentro, un diaman